martes, 30 de agosto de 2016

Rebecca Cairns: Autorretratos distópicos



“Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana.” Esa es la definición que la Real Academia Española de la Lengua otorga a la palabra distopía, una palabra que la propia Rebecca Cairns aplica a su trabajo por la base que tiene en el mundo de los sueños, de se momento en el que parece que estamos a medio camino entre la realidad y un mundo imaginado, imaginario, creado por nuestra mente, un momento entre lo real y lo falso.


Sensación que uno tiene a poco que se aproxime a la obra de esta fotógrafa canadiense a la que lo que más le tienta es el mundo del autorretrato. Probablemente una forma de indagar en la propia personalidad, de bucear en el mundo interior de uno mismo para sacarlo a la luz, para ponerlo a la vista de los demás sin palabras, porque sabido es que el territorio de las palabras es finito y sólo a través de los silencios es posible entrar en lo ignoto.


Con las palabras mentimos todos pero con nuestro cuerpo eso es imposible. Ahí radica para mí una de las claves de los autorretratos de Cairns, es la búsqueda de esa sinceridad que en muchas ocasiones nos empeñamos en negar a las palabras, en la necesidad de llegar a un nivel de comunicación más profundo, más real, más verdadero.


El mundo de lo irreal aparece en esos interiores o exteriores en ruina, desolados, espacios deshabitados, con una historia que ya nadie recuerda, en los que se nos muestra como una aparición la artista, señalando con su presencia la ausencia de vida y, al mismo tiempo, dando luz al recuerdo, a que el espectador piense en qué clase de personas pudieron habitar esos lugares y se pregunte las razones por las cuales dejaron sus hogares atrás.


Hogares vacíos ahora convertidos en espacios fuera de toda realidad, casi al modo de no espacios en los cuales se hubiera detenido un tiempo que sabemos inmisericorde, cuyo transitar, desesperadamente lento en ocasiones y vertiginosamente rápido en otras, ha dejado su huella en forma de derrumbes ahora apenas sostenidos por la presencia fantasmal de Rebecca Cairns.


Otras veces será la naturaleza la que pondrá el marco el cuerpo de la artista, una naturaleza de otoño, fría, de colores apagados, del bosques que mueren para renacer en primavera, o extensiones de hierba que acogen el contorno de la figura femenina como una madre abraza a su hijo, en una suerte de comunión natural que sólo nos puede hacer más humanos.



Una obra en definitiva, que tiene mucho de onírica pero también de dramatismo, de desolación, de sensación de aislamiento, de búsqueda, de ausencia de tiempo.


Más información: lamonomagazine; anormalmag; Fotofilmic [en].